Digamos que a día de hoy sigo escupiendo los restos de
aquello que llamabas amor; sigo arrastrando los despojos de esas cadenas de las
que no logro deshacerme. Supongo que acertaría al decir que de poco te importa
ya todo esto, que quizás ni siquiera recuerdes mi nombre.
Pero se hace inevitable mirar hoy el calendario y que mis
ojos no vomiten tu recuerdo en forma de dolor.
Porque hoy, querida, vuelve a
sonar la misma canción. Esa irritante sucesión de notas que siempre nos enseñó
la recompensa de avanzar; la misma que
hoy me susurra a gritos que ya no estás. Quizás por eso el reloj camina
despacio sobre cada uno de esos acordes; puede que el tiempo sólo quiera
demostrarnos que no hay más olvido del que él nos permite.
Sólo espero que frío del invierno congele tu melodía, y que
ésta se deshaga lentamente a la sombra de cualquier primavera.
¿Por qué aún sientes dentro de tu pecho todos los latidos de mi cuerpo? ¿Por qué no dejo de sentir que todavía formas parte de mi piel? ¿Por qué decides que te quieres volver loca cuando yo me he vuelto cuerdo? ¿Por qué intentamos avanzar mirando de reojo lo que pudo ser? ¿Por qué las cosas que arreglamos al besarnos las rompemos con palabras? ¿Por qué siempre que digo "adiós" el corazón me dice "inténtalo otra vez"? ¿Por qué parece que sólo nos entendemos con las luces apagadas? ¿Quién diablos sabe calcular bien la distancia que debemos mantener?
¿Por qué es tan raro, el amor siempre resiste mucho más de lo que dura? ¿Por qué hay cuestiones en mi piel que sólo puede respondérmelas tu piel? ¿Por qué si vuelves a mandarme algún mensaje aún se me rompen las costuras? ¿Por qué hacemos cosas que juramos que no llegaríamos a hacer? ¿Por qué si aún sientes lo de antes tus ojos me dicen "ya no me haces falta"? ¿Por qué si siento lo de siempre no me atrevo a decirte "quédate"? ¿Por qué será que la felicidad ya nunca nos devuelve la llamada? Creo que llamaré a esta canción "las cosas que no pude responder".
El corazón, es un alumno limitado que nunca aprende. El corazón, siempre la misma asignatura para septiembre. El corazón, que sale a caminar con los cordones desatados. El corazón, serán los restos de un tal vez que no ha cicatrizado. El corazón, parece ser que está empeñado en que lleguemos tarde. El corazón, que ya está acostumbrado a caminar sobre el alambre.
Te podría decir que durmieras conmigo esta noche, pero luego vendría la excusa y su hermano
gemelo el reproche.
Te
podría decir cómo dueles, pero te confieso que ya estaba esperando que algo me sacara la piel de los
huesos.
Te
podría decir que mañana veremos el modo, pero nunca te quedas conmigo ni tampoco te marchas del todo.
La llamé durante horas. Agonicé a la espera de su voz entre aquellos tonos atroces que me destruían, tras repetir el mismo número una y otra vez. La busqué en todos esos lugares que solía frecuentar, también en los que no. Grité su nombre por cada rincón hasta quedarme sin aliento. Recorrí la ciudad tantas veces que las farolas dejaron de alumbrar mi camino. Había desaparecido.
Intenté convencerme de que era imposible, no podía haberse marchado. Quizás dejé algún rincón sin escrutar, quizás su móvil se apagó, quizás salió de la ciudad y no dijo nada a nadie. Quizás...
Fue entonces cuando comprendí que no se había marchado, ni siquiera se había movido de donde estaba.Todo había terminado. Sin explicaciones, sin "tenemos que hablar", sin despedidas, ni discusiones, sin una nota que dijese que su partida era inminente, que no intentase detenerla.
Se había ido para siempre, sin decir siquiera adiós. Había borrado de un zarpazo la mitad de su vida, y había dejado un enorme hueco en blanco en la mía.
Desde entonces malgasto los restos de mi soledad cada día frente a su ventana, esperando por ver su sonrisa pasar de la mano de cualquiera.
Lo más duro no fue perderla, fue aceptar que no volvería.
Aquella noche lloró hasta que su cuerpo, totalmente exhausto, renunció por un instante a su agonía y descansó en la inmensidad de aquella cama, tan vacía comos sus esperanzas. El dolor la había vencido.
Se desvanecieron entonces los sueños, junto con las ilusiones. Ni rastro quedó de aquella fe ciega que, en otros tiempos, puso en el amor.
La ensordecedora soledad que ahora sumía su vida solo dejó pequeñas pinceladas de todos aquellos momentos, que fueron luz. Momentos que hoy nublaban su cielo, a la vez que su mirada.
Ella le entregó su vida a cambio de que se quedara. Él desmintió sus promesas y se fundió con el horizonte.
Sabía que su partida jamás conllevaría su regreso. Que él no necesitaría el calor de su aliento, porque cualquier otro abrigaría el tiritar de sus labios. Que aquellos ''te quiero'' no volverían a estar precedidos de su sonrisa. Que para él ya no sería más que un pasado difuso, en la mente de alguien quien olvidó mucho antes de tener qué recordar.
...and I wonder if you ever stop to think: ''I lost her.''
Mi cuerpo yacía enterrado en el barro de
una cuneta, borracho de aquellos besos envenenados que otros escupieron sobre
él.
Lo poco que recuerdo no va más allá de una
silueta, un destello de luz, y unos susurros que prometían no
abandonarme jamás. Y aún así, a día de hoy, no podría asegurar que no hubiese
sido un sueño.
Cuando desperté ya era presa de su
sonrisa, del caminar de sus dedos por mis mejillas, del sonido de sus te
quieros.
Ella me invitó a caminar, yo agarré su
mano y bailamos cada noche bajo la luz de las estrellas. Gritamos en silencio. Saltamos por encima de cualquier palabra que tuviese la vaga intención de
dolernos. Subimos tan alto que incluso el suelo tuvo celos del viento que nos
rodeó.
Y caímos...
Aún sigo buscando los pedazos perdidos en
los que me partió aquella caída, en el fondo de cada botella del bar donde dijo
Siempre.
Sigo consumiéndome noche tras noche porque, aún a veces, creo verla entre el
humo de mis caladas, entre los fríos vacíos que dejó en mis sábanas.
"Escarbó tan profundamente en los sentimientos de ella, que buscando el interés encontró el amor, porque tratando de que ella lo quisiera terminó por quererla."
Casi sin querer, me di cuenta de que había pasado mi vida esperando por
ella.
Esperé a que cruzase aquella calle y se acercase su
sonrisa, cada mañana.
Esperé cada tarde el sonido de aquella luz intermitente
que decía que volvía a querer saber de mí.
Esperé impaciente aquel beso que nos uniría.
Esperé su vuelta, todas aquellas veces que se marchó de
mi lado.
Esperé siempre que su tiempo dejó de ser suficiente para
aclarar sus preferencias, y le cedí, sin pensarlo, todo el que yo poseía.
Esperé aquel mensaje esperanzador, que me permitiese
volver a sus brazos.
Esperé entre sollozos su regreso, siempre que subió en
ese autobús.
Esperé sus respuestas, las noches en que las lágrimas
nublaban mi vista.
Esperé ese futuro que soñábamos, cada vez que nuestros
dedos jugaban a entrelazarse.
Esperé aquel golpe de suerte que cambiaría por completo
nuestras vidas.
Esperé ante sus miedos, sus dudas y sus inseguridades.
Esperé en el suelo, de rodillas, suplicando no perderla
una vez más.
Esperé cuando el brillo de sus ojos desapareció, y sólo
veían oscuridad.
Esperé todas aquellas veces que su orgullo y su carácter
estuvieron por encima de mí.
Esperé, aferrada al tenue destello de cualquier luz, a
que pudiese ver todo aquello que intenté demostrarle cada día.
Y, aún hoy, sigo esperando desde el instante en que el
destino decidió que la amistad fuese el único trato a recibir de su parte.
Quizás me equivoque. Quizás sólo sea una incoherente manera
de tirar mi vida a la basura. Quizás un día la frustración se apodere de mí. Quizás
esté cometiendo el peor error de mi corta existencia, condenándome con ello a
un fatal desenlace. Quizás toda la impotencia contenida desbordará impredeciblemente
en cualquier momento, y sólo podré desear mi muerte. Quizás me arrepienta.
Quizás llegué al límite de esta espera. Quizás no.
Aún así, después de andar sobreviviendo a base de latidos
cansados e irregulares durante todos estos años, no podría abandonar mi espera.
Puede que sea cada segundo invertido en esa lucha el que me
mata poco a poco, pero fue también uno de ellos quién me dio la vida.
Todos tenemos miedo. Independientemente de nuestra edad, raza o sexo. Es completamente inevitable sufrir algún miedo en cualquier etapa de la vida. Miedo a la oscuridad, a las miradas observadoras de la gente, al dolor, al qué dirán, al compromiso, al abandono, a las infidelidades, a las mentiras, a las palabras largas, o al más absoluto silencio. Cualquier hecho, situación o palabra puede derivar en un miedo atroz. Hay quienes, con el tiempo, se deshacen de sus miedos. Otros luchan contra ellos. Hay quien se rinde y asume vivir con ellos. Algunos los dejan estar. Y otros tantos viven en un miedo constante. Desde niña he escuchado decir a mi padre que el miedo es algo libre y cada uno toma el que quiere. Pero no es fácil acabar con un miedo que te atormenta y te persigue cada día. Yo conviví con uno de ellos, quizás demasiado tiempo. El miedo a perderle. No importa lo feliz que fuera a su lado, siempre temí el día en el que ya no estuviera conmigo. Y en cada palabra, en cada gesto, en cada hecho, yo sólo veía un intento de abandono, una posibilidad de seguir sin mí... Una visión errónea de la realidad. Fue ese mismo miedo a su partida quien, poco a poco, la alejaba de mi cada día. Terminó sucediendo lo evidente, y se marchó. Y, mientras su figura se fundía en el horizonte, me juré a mi misma una infinidad de veces que no volvería a tener miedo nunca más. Por suerte, aquellas manos, a las que nunca he merecido, volvieron para levantarme una vez más, para darme otra oportunidad. Sentirlas de nuevo me hizo volver a la vida. Esa vida que su misma partida me quitó. Al igual que yo, ellas también temblaban, supongo que por el miedo a la posibilidad de volver a hacernos daño... Pero esta vez no sería así, ya no. Las agarré con todas mis fuerzas y, sin opción a mediar palabra alguna, comenzamos a correr. Desde entonces no camino a más distancia de la que marca su sombra, por si el miedo vuelve a por nosotras tener cerca sus manos, y correr... Para que nunca más vuelva a alcanzarnos.
Cosí mis talones a su sombra, para no separarme nunca del olor de sus abrazos. Prometí construir caminos en cada recorrer de mis dedos por su espalda. Cerré todas mis puertas y, a sus pies, dejé las llaves de aquellos cerrojos. Posé mis sueños sobre su felicidad sujetándolos con ilusiones, por si volvía el pasado a soplar sobre ellos. Dormí a su lado cada noche, incluso aquellas en las que fueron demasiados los kilómetros. Planté en la tierra de sus curvas los mejores de mis deseos. Y veneré cada una de sus sonrisas, en el altar de mi felicidad. Quise regalarle el firmamento en el preciso instante en que prometió la eternidad de una vida compartida, pero sólo pude ofrecerle un corazón desgastado, una caja repleta se sueños, un puñado de sonrisas, y los mejores momentos del resto de mi existencia. Aún así, me prometí conseguirle lo imposible, manteniendo siempre su felicidad por encima de la de cualquiera, incluso de la mía propia. Sin importar el precio.
Ahora, cuanto más pasan los años, más fuerte agarro su mano. Por si el miedo nos hace correr, que al menos nos pille preparados. Y si tengo que caer mientras camino a su lado, que sea ella quien me levante, quien me diga que todo ha pasado. Mientras tanto, no importa por dónde me lleve, la seguiré con los ojos cerrados...
¿Sabes esa sensación de la que hablamos el otro día? ¿Esa
sensación de guardar algo muy grande en un lugar muy pequeño y sentir que crece
por momentos, sentir que no puedes contenerlo mas, pero aún así sigue haciéndose
más grande? Pues hoy lo he notado crecer, no es nada nuevo, cada día lo hace.
Pero hoy ha sido diferente, hoy ha sido algo fuera de lo normal. Y es extraño, porque duele, pero a la vez me encanta. Duele
porque no se puede guardar algo enorme en un espacio reducido, y no hablo solo
de un dolor emocional... Hablo de dolor
físico, no se como lo has logrado, pero esto se ha hecho tan grande que cada
vez que me abrazas y me dices que me amas, que soy la mujer de tu vida y que
quieres casarte conmigo, de repente siento una presión muy fuerte a la altura
del corazón, como si se encogiera y se hiciera minúsculo para luego latir y
estirarse al máximo. Y es increíble y extraño al mismo tiempo, porque cualquier
sentimiento está localizado en nuestro cerebro y no en el corazón.... Y sin embargo
a mi se me estremece si me miras a los ojos y me sonríes diciendo que soy
preciosa. Así que podría confesarte que te amo hasta tal punto que me
duele, porque no estaría mintiendo. Al igual que si te contase algún día que
estoy loca por ti. Porque quizá no te lo diga nunca, pero cualquier cosa que me
pidieras la haría con los ojos cerrados, sin pensarla, sin reparar en
consecuencias. Hay quien lo considere una fe ciega, pero en realidad sólo estoy
enamorada de ti, hasta puntos inimaginables. Y lo sé porque eres lo primero, lo último, lo único. Porque
siempre has estado por encima de todo y de todos, y seguirá siendo así a pesar
de que sea o no correcto, o sensato. Porque me da igual que piensen, hagan o
hablen los demás, no me importa lo que opinen. Porque para mí solo estás tú. Y
no me importa lo demás, porque sé que a tu lado no hay imposibles. Porque nunca he encontrado el significado exacto de la
palabra amor, ni diccionarios, ni enciclopedias, ni siquiera Internet. Puede
que ni siquiera creyera realmente en ella. Pero si hoy alguien me pidiera la
definición de esa palabra, no dudaría ni una décima en responder. Porque amor
eres tú. Es cuando me miras, cuando me rozas la mano, cuando me acaricias,
cuando me besas, cuando me abrazas, cuando me guiñas un ojo, cuando me
desnudas, cuando huele a ti, cuando me matas a cosquillas, cuando me haces
rabiar, cuando te enfadas, cuando me pides perdón, cuando prometes que será
para siempre, cuando te quieres casar conmigo, cuando soñamos con nuestra boda
y unos niños corriendo por una casita en la montaña, cuando dices que me amas,
cuando pasas la noche desnuda abrazada a mi, cuando me llevas de la mano,
cuando consigues que casi llore de la risa, cuando te echo de menos a rabiar,
cuando deseo que vuelvas por encima de todo, cuando me das sorpresas que me
dejan sin palabras, cuando te acurrucas en mi, cuando me animas en los mejores
momentos, cuando dices que también eres mi mejor amiga, cuando escucho tu
corazón latir y siento que realmente ahí es donde quiero estar toda mi vida,
pegada a ti. Y no quiero despegarme de ti nunca. Eres lo mejor que me ha
pasado, la mejor persona que he conocido. Y yo... Yo soy la idiota más
afortunada de toda la tierra. Y quiero seguir siendo esa idiota con la mejor
persona del mundo al lado, toda mi vida. Por eso voy a quedarme siempre a tu lado, pase lo
que pase, te lo aseguro. Porque te amo princesa, te amo tanto que no te haces ni una
pequeña idea... Porque nada será nunca suficiente para demostrarlo. Pero aún
así, seguiré intentándolo toda mi vida, para que algún día puedas comprenderlo
y, sobre todo, para que nunca lo olvides. Siempre preciosa, lo prometo.
Entre tanta ida y venida, conocí casi a todas las edades de
la soledad, me salió un callo justo donde palpitan las emociones y me fue cada
vez mas difícil demostrar lo mucho que me dolía seguir sufriendo.
Un buen día, cuando ya había abandonado toda esperanza de
sentir y hacer sentir que sentía, apareció ella. Ella, que todo lo hizo sin
saber que lo hacía. Ella, que todo lo cambió sin querer. En cuanto la vi,
automáticamente empecé a descubrir el sabor amargo y salado del llanto. Porque
la he llorado. La he llorado mucho y, como siempre se llora, a demasiada
distancia. Bajo la lluvia, mezclando mis lágrimas con las del cielo, desde el
cierre derrotado de cualquier bar o bajo la media apertura de su ventana, da
igual. La he llorado como nunca lloré a los que creía conocer. La he llorado
por ese futuro que yo tendremos. La he llorado por ese pasado que dejamos
pasar. La he llorado hasta quedarme sin aliento. Y la sigo llorando por lo que
no pudo ser, incluso por lo que nunca será.
Sé lo que estarás pensando. Que estoy enfermo. Que no la
conozco de nada. Que no hemos cruzado más de dos palabras y un precio. Pero es
que, en ocasiones, la nostalgia es tan caprichosa que no necesita argumentos
para doler. Se pueden echar de menos amores que jamás ocurrieron. Se pueden
extrañar situaciones que no llegaron a pasar. De hecho, si nunca te ha
ocurrido, eso es que nunca has querido por encima de tus posibilidades. Y si no
has querido por encima de tus posibilidades, tu corazón no ha pasado de ser un
órgano muscular hueco que impulsa sangre.
Eso es lo que pasa. Que la echo de menos. En toda su
ausencia. Hasta decir basta. Añoro esos paseos que nunca dimos por el parque.
Añoro esos besos que jamás me dio. Esas risas tontas que no nos echamos. Esa
canción que nunca escuchamos juntos después de no hacer el amor.
Tengo que volver con ella antes de morirme del todo.
Tengo que volver con ella hasta el punto en el que dejó de
poder ser.
Perdía su silueta a cada grito en silencio de nuestros
corazones. Intenté seguirla y jamás perderla de vista, tal y como habíamos
prometido. Pero nuestro cielo se alejaba a medida que aumentaban las heridas
por los años. Y siempre intentamos cicatrizar, erróneamente. Porque las heridas
cerraban, pero el dolor persistía…
Nos hicimos más viejos, más fuertes. Soportamos nuestras
cargas con la fuerza de titanes. Pero nada es para siempre. Y la ilusión,
resquebrajada, pedía clemencia a gritos, mientras veía a los sueños hundirse en
la más absoluta oscuridad.
Y aquellas manos que en tiempos mejores acariciaron todos
mis lunares, dejaron resbalar de entre sus dedos aquel hilo que un día fue
cadena, que ataba nuestros corazones.
Desde entonces sueño con despertar cada día con el olor de
su sonrisa, con el sonido de sus manos, con el sabor de su voz susurrándome al
oído. Y, justo en ese momento, detener el vago caminar de todos los relojes que
se precien a observarnos. Y desechar todo aquello ajeno al grito de las miradas
sostenidas por el leve movimiento de la más perfecta de sus curvas…
Aquel día el golpe del portazo a sus espaldas sonó peor que
la más cruel de las palabras. Corrí tras ella tanto tiempo, que llegué a perder
la razón por el camino. Pero, por más que intentase forzarla, aquella puerta se había
cerrado para siempre. Ella no volvería.
Hoy he vuelto a despertar, buscando su olor en la almohada,
creyendo que la encontraría entre mis sábanas. Y por más que busco su sonrisa
entre la gente, por más que crea ver su silueta en la vuelta de cada esquina,
todo queda reducido a cenizas. A sueños, de los que despierto esperando
encontrar la manera de regresar a ese primer beso, y prometerle en ese mismo
momento que nunca la dejaría marchar.
Mientras tanto, seguiré esperando en el mismo lugar donde me
dejó, para que sepa dónde encontrarme si algún día decide volver. Allí he
dejado mis ilusiones, mis promesas, mis esperanzas, mi tiempo, y todos los
pedazos de aquel futuro que siempre quisimos tener.