Aquel día el golpe del portazo a sus espaldas sonó peor que
la más cruel de las palabras. Corrí tras ella tanto tiempo, que llegué a perder
la razón por el camino. Pero, por más que intentase forzarla, aquella puerta se había
cerrado para siempre. Ella no volvería.
Hoy he vuelto a despertar, buscando su olor en la almohada,
creyendo que la encontraría entre mis sábanas. Y por más que busco su sonrisa
entre la gente, por más que crea ver su silueta en la vuelta de cada esquina,
todo queda reducido a cenizas. A sueños, de los que despierto esperando
encontrar la manera de regresar a ese primer beso, y prometerle en ese mismo
momento que nunca la dejaría marchar.
Mientras tanto, seguiré esperando en el mismo lugar donde me
dejó, para que sepa dónde encontrarme si algún día decide volver. Allí he
dejado mis ilusiones, mis promesas, mis esperanzas, mi tiempo, y todos los
pedazos de aquel futuro que siempre quisimos tener.
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