lunes, 24 de septiembre de 2012

Lo más lejos, a tu lado.

Todos tenemos miedo. Independientemente de nuestra edad, raza o sexo. Es completamente inevitable sufrir algún miedo en cualquier etapa de la vida. Miedo a la oscuridad, a las miradas observadoras de la gente, al dolor, al qué dirán, al compromiso, al abandono, a las infidelidades, a las mentiras, a las palabras largas, o al más absoluto silencio. Cualquier hecho, situación o palabra puede derivar en un miedo atroz.
Hay quienes, con el tiempo, se deshacen de sus miedos. Otros luchan contra ellos. Hay quien se rinde y asume vivir con ellos. Algunos los dejan estar. Y otros tantos viven en un miedo constante.

Desde niña he escuchado decir a mi padre que el miedo es algo libre y cada uno toma el que quiere. Pero no es fácil acabar con un miedo que te atormenta y te persigue cada día. Yo conviví con uno de ellos, quizás demasiado tiempo. El miedo a perderle.
No importa lo feliz que fuera a su lado, siempre temí el día en el que ya no estuviera conmigo. Y en cada palabra, en cada gesto, en cada hecho, yo sólo veía un intento de abandono, una posibilidad de seguir sin mí... Una visión errónea de la realidad.
Fue ese mismo miedo a su partida quien, poco a poco, la alejaba de mi cada día. Terminó sucediendo lo evidente, y se marchó. Y, mientras su figura se fundía en el horizonte, me juré a mi misma una infinidad de veces que no volvería a tener miedo nunca más.

Por suerte, aquellas manos, a las que nunca he merecido, volvieron para levantarme una vez más, para darme otra oportunidad. Sentirlas de nuevo me hizo volver a la vida. Esa vida que su misma partida me quitó. Al igual que yo, ellas también temblaban, supongo que por el miedo a la posibilidad de volver a hacernos daño... Pero esta vez no sería así, ya no. Las agarré con todas mis fuerzas y, sin opción a mediar palabra alguna, comenzamos a correr.

Desde entonces no camino a más distancia de la que marca su sombra, por si el miedo vuelve a por nosotras tener cerca sus manos, y correr... Para que nunca más vuelva a alcanzarnos.



Heureux, heureux à en mourir.

Quand il me prend dans ses bras, 
Il me parle tout bas,
Je vois la vie en rose.

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