La llamé durante horas. Agonicé a la espera de su voz entre aquellos tonos atroces que me destruían, tras repetir el mismo número una y otra vez. La busqué en todos esos lugares que solía frecuentar, también en los que no. Grité su nombre por cada rincón hasta quedarme sin aliento. Recorrí la ciudad tantas veces que las farolas dejaron de alumbrar mi camino. Había desaparecido.
Intenté convencerme de que era imposible, no podía haberse marchado. Quizás dejé algún rincón sin escrutar, quizás su móvil se apagó, quizás salió de la ciudad y no dijo nada a nadie. Quizás...
Fue entonces cuando comprendí que no se había marchado, ni siquiera se había movido de donde estaba.Todo había terminado. Sin explicaciones, sin "tenemos que hablar", sin despedidas, ni discusiones, sin una nota que dijese que su partida era inminente, que no intentase detenerla.
Se había ido para siempre, sin decir siquiera adiós. Había borrado de un zarpazo la mitad de su vida, y había dejado un enorme hueco en blanco en la mía.
Desde entonces malgasto los restos de mi soledad cada día frente a su ventana, esperando por ver su sonrisa pasar de la mano de cualquiera.
Lo más duro no fue perderla, fue aceptar que no volvería.

No hay comentarios:
Publicar un comentario