Cosí mis talones a su sombra, para no separarme nunca del olor de sus abrazos. Prometí construir caminos en cada recorrer de mis dedos por su espalda. Cerré todas mis puertas y, a sus pies, dejé las llaves de aquellos cerrojos. Posé mis sueños sobre su felicidad sujetándolos con ilusiones, por si volvía el pasado a soplar sobre ellos. Dormí a su lado cada noche, incluso aquellas en las que fueron demasiados los kilómetros. Planté en la tierra de sus curvas los mejores de mis deseos. Y veneré cada una de sus sonrisas, en el altar de mi felicidad.
Quise regalarle el firmamento en el preciso instante en que prometió la eternidad de una vida compartida, pero sólo pude ofrecerle un corazón desgastado, una caja repleta se sueños, un puñado de sonrisas, y los mejores momentos del resto de mi existencia. Aún así, me prometí conseguirle lo imposible, manteniendo siempre su felicidad por encima de la de cualquiera, incluso de la mía propia. Sin importar el precio.
Ahora, cuanto más pasan los años, más fuerte agarro su mano. Por si el miedo nos hace correr, que al menos nos pille preparados. Y si tengo que caer mientras camino a su lado, que sea ella quien me levante, quien me diga que todo ha pasado. Mientras tanto, no importa por dónde me lleve, la seguiré con los ojos cerrados...

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