Perdía su silueta a cada grito en silencio de nuestros
corazones. Intenté seguirla y jamás perderla de vista, tal y como habíamos
prometido. Pero nuestro cielo se alejaba a medida que aumentaban las heridas
por los años. Y siempre intentamos cicatrizar, erróneamente. Porque las heridas
cerraban, pero el dolor persistía…
Nos hicimos más viejos, más fuertes. Soportamos nuestras
cargas con la fuerza de titanes. Pero nada es para siempre. Y la ilusión,
resquebrajada, pedía clemencia a gritos, mientras veía a los sueños hundirse en
la más absoluta oscuridad.
Y aquellas manos que en tiempos mejores acariciaron todos
mis lunares, dejaron resbalar de entre sus dedos aquel hilo que un día fue
cadena, que ataba nuestros corazones.
Desde entonces sueño con despertar cada día con el olor de
su sonrisa, con el sonido de sus manos, con el sabor de su voz susurrándome al
oído. Y, justo en ese momento, detener el vago caminar de todos los relojes que
se precien a observarnos. Y desechar todo aquello ajeno al grito de las miradas
sostenidas por el leve movimiento de la más perfecta de sus curvas…
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