miércoles, 7 de noviembre de 2012

Que he pasado la vida, sin saber que la espero.

Casi sin querer, me di cuenta de que había pasado mi vida esperando por ella.
Esperé a que cruzase aquella calle y se acercase su sonrisa, cada mañana.
Esperé cada tarde el sonido de aquella luz intermitente que decía que volvía a querer saber de mí.
Esperé impaciente aquel beso que nos uniría.
Esperé su vuelta, todas aquellas veces que se marchó de mi lado.
Esperé siempre que su tiempo dejó de ser suficiente para aclarar sus preferencias, y le cedí, sin pensarlo, todo el que yo poseía. 
Esperé aquel mensaje esperanzador, que me permitiese volver a sus brazos.
Esperé entre sollozos su regreso, siempre que subió en ese autobús.
Esperé sus respuestas, las noches en que las lágrimas nublaban mi vista.
Esperé ese futuro que soñábamos, cada vez que nuestros dedos jugaban a entrelazarse.
Esperé aquel golpe de suerte que cambiaría por completo nuestras vidas.
Esperé ante sus miedos, sus dudas y sus inseguridades.
Esperé en el suelo, de rodillas, suplicando no perderla una vez más.
Esperé cuando el brillo de sus ojos desapareció, y sólo veían oscuridad.
Esperé todas aquellas veces que su orgullo y su carácter estuvieron por encima de mí.
Esperé, aferrada al tenue destello de cualquier luz, a que pudiese ver todo aquello que intenté demostrarle cada día.
Y, aún hoy, sigo esperando desde el instante en que el destino decidió que la amistad fuese el único trato a recibir de su parte.

Quizás me equivoque. Quizás sólo sea una incoherente manera de tirar mi vida a la basura. Quizás un día la frustración se apodere de mí. Quizás esté cometiendo el peor error de mi corta existencia, condenándome con ello a un fatal desenlace. Quizás toda la impotencia contenida desbordará impredeciblemente en cualquier momento, y sólo podré desear mi muerte. Quizás me arrepienta. Quizás llegué al límite de esta espera. Quizás no.

Aún así, después de andar sobreviviendo a base de latidos cansados e irregulares durante todos estos años, no podría abandonar mi espera.

Puede que sea cada segundo invertido en esa lucha el que me mata poco a poco, pero fue también uno de ellos quién me dio la vida.





Mírame y vuelve a sonreír, que sino, 
yo no comprendo nada.


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