Hice de su lunar el centro del universo, cómo no iba a aclamarle
Dios cada vez que sus manos orbitaban sobre mí.
Yo, que cuestionando la adoración a toda deidad me
proclamaba atea desde que me dotaron de conciencia, creí.
Creía en ti, como existencia de la perfección
personificada.
En tu mirada como el único puto milagro capaz de volver a
la vida a cualquier alma muerta.
Repicaban acordes celestiales, celebrando la buenaventura
de morderte el pecado, cada vez que abrías para mí el paraíso. Bendita el agua
con la que regabas estos labios sedientos.
Cegada de fe, suplicaba una hostia más, buscando la
salvación de tu abrazo.
Pero llegó el destierro, y me encontré flagelándome en tu
nombre, implorando misericordia.
Crédula ingenua.
No hay redención para aquellos como yo, abocados a arder
en el infierno de saberte tan divina como inalcanzable. Porque el castigo
eterno no fue besarte, sino saber que no volvería a hacerlo.
Concédeme la paz de resucitar de ti.
Voy a bautizarme en la libertad del agnosticismo, renegando
de toda creencia que implique amar al prójimo por encima de mí.
Y cuando otros profetas lleguen predicando utopías vestidas
de veracidad irrefutable, que al menos, esta vez, la vida me pille confesada.
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