domingo, 4 de diciembre de 2016

Amén.

Hice de su lunar el centro del universo, cómo no iba a aclamarle Dios cada vez que sus manos orbitaban sobre mí.
Yo, que cuestionando la adoración a toda deidad me proclamaba atea desde que me dotaron de conciencia, creí.
Creía en ti, como existencia de la perfección personificada.
En tu mirada como el único puto milagro capaz de volver a la vida a cualquier alma muerta.

Repicaban acordes celestiales, celebrando la buenaventura de morderte el pecado, cada vez que abrías para mí el paraíso. Bendita el agua con la que regabas estos labios sedientos.
Cegada de fe, suplicaba una hostia más, buscando la salvación de tu abrazo.

Pero llegó el destierro, y me encontré flagelándome en tu nombre, implorando misericordia.
Crédula ingenua.
No hay redención para aquellos como yo, abocados a arder en el infierno de saberte tan divina como inalcanzable. Porque el castigo eterno no fue besarte, sino saber que no volvería a hacerlo.

Concédeme la paz de resucitar de ti.

Voy a bautizarme en la libertad del agnosticismo, renegando de toda creencia que implique amar al prójimo por encima de mí.
Y cuando otros profetas lleguen predicando utopías vestidas de veracidad irrefutable, que al menos, esta vez, la vida me pille confesada.

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