Voy a mudarme al archipiélago que inunda tu cara.
Voy a navegar bajo la cuidadosa vigía de esos dos faros
que siempre supieron cubrirme con el halo de luz exacto
cuando las sombras quisieron hacerse sobre mí.
Nunca tuve mejor guía que tus ojos.
Dejándome a la deriva,
voy a hacer turismo por tus islas,
escalaré hasta encumbrar tu nariz
y, una vez en la cima,
gritaré a los cuatro vientos
que me quiero libre,
pero enredada en tu pelo.
Y saltaré.
Un salto de fe hacia tu boca,
donde pienso zambullirme hasta tocar fondo.
El de tu lengua.
Meceré mi cuerpo al compás de las olas,
saboreando el mar de tu saliva,
con la banda sonora de tu respiración
azotándome en la cara.
Sólo cuando se arruguen las yemas de mis dedos,
tenderé mi cuerpo al sol,
colgado en el desfiladero de tus pezones.
Tus clavículas serán el refugio donde acurrucarme,
no conozco mejor remedio contra el insomnio
que el calor de tu pecho.
Descenderé por tu vientre,
haciendo rafting entre tus costillas
a ritmo de tu risa.
Saltarán chispas alrededor de tu ombligo,
y reuniré pedernales camino a tus bragas,
donde encenderé hogueras para calentar mis manos.
Lo confieso, voy a provocarte un incendio.
Arderemos hasta consumir las ganas,
reducidas a la combustión del deseo.
Pero tranquila, guardo la humedad de mi lengua
para apagar las llamas.
Y te acariciaré las cenizas
una vez extinguido el fuego.
Sólo entonces admitiré
que soy incansablemente pirómana
cuando se trata de tu cuerpo.
Ya sabes amor,
somos polvo,
y al polvo nos daremos.
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