El quejido cuando la claridad cegadora
asaltaba la habitación,
que hoy es silencio.
La perfecta disolución,
ahora lágrimas y café,
desayunos para nadie.
Aquella mirada fotográfica
dispuesta a disparar al alma.
Los libros que albergaban
la mejor de las historias
en su contraportada,
y ya no cuentan nada.
El bucle rotativo de los diecinueve pasos
para escucharte con el corazón.
El mismo que ahora solloza
desde ese primer segundo
donde antes entonábamos carcajadas.
La desvergüenza
empujándome contra la piel,
desnudándome de penas.
El suspiro despeinado
que besaba felicidad.
La sonrisa detrás del humo
de un cigarro a medias.
Celebrar la impuntualidad
en el suelo de cualquier estación.
Hacer de la cerveza
una excusa para todo.
Tatuarte utopías.
Reír en el precipio
de un mar de certezas.
Lo echo de menos.
Te echo de menos.
En el borde de la locura.
En el fondo de ella.
Te echo de menos.
Lo escribo compulsivamente
porque no me atrevo a pronunciarlo.
Porque tengo pánico a verbalizar
lo que me arde en las entrañas,
y quede relegado a la indiferencia.
Seguiré empuñando silencios,
agrietándome el pecho,
latiendo a contratiempo.
Vestida de ausencia,
de olvido,
de nadie.
Te echo de menos,
aunque esté de más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario