viernes, 30 de diciembre de 2016

Recordi

Y ahí seguimos, un año más, impasibles al peso del paso del tiempo. Hipnotizados ante el leve sonido del caminar del segundero, ajenos a su esfuerzo de recordarnos el latir de un corazón que se consume; de una vida que se apaga.

Ingenuos, exhalando olvido, tras cada bocanada de ese aire que nosotros mismos envenenamos.
Auto-destructivos.
Deshumanizados.
Somos el reflejo de una naturaleza muerta, jugando al despiste con la carga de culpabilidad que nos persigue, porque nosotros la matamos.
Necios, creemos exprimir la vida cuando tan sólo la explotamos, recogiendo, quizá, algún pedazo entre los escombros que dejó nuestra propia onda expansiva. Aquejados por la podredumbre que  nos rodea, sin reparar siquiera en que es tan sólo un producto de nuestros actos, y que deshacernos de ella está tan sólo en nuestras manos.

Camina, despacio, cada uno de nosotros, hacia el borde de un precipicio. Amarrados al empeño de vivir mirando hacia atrás, atrapados en el anhelo de deshacer todos aquellos pasos que nos permitieron un día avanzar, dejando en el olvido disfrutar del camino.
Corrompidos, condenados a un olvido inevitable, avanzando con ojos cerrados, por apego al espejismo de felicidad que produce la ignorancia; por miedo al deslumbramiento de aquella luz que ya nadie quiere ver.

Animales de paso por un mundo en el que enterramos la semilla del caos, con la absurda esperanza de ver florecer la paz. Presos del autoengaño, regamos todo tipo de mala hierba mientras pisoteamos las flores. Dejando en manos de algún Dios el fruto de nuestro mañana, orando para que la gracia divina nos salve de recoger lo que día a día sembramos.

Acabará matándonos una malnutrición de nuestros sueños, una sobredosis de odio y rencor, o la triste insuficiencia afectiva de unos corazones que dejaron de bombear amor, porque permitieron ser contagiados por ese virus del egoísmo que ahora recorre nuestras venas.

Abre los ojos. Respira. Camina. Disfruta. Sueña. Sonríe. Vive.

Tic - tac.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Détresse

El quejido cuando la claridad cegadora
asaltaba la habitación,
que hoy es silencio.
La perfecta disolución,
ahora lágrimas y café,
desayunos para nadie.

Aquella mirada fotográfica
dispuesta a disparar al alma.
Los libros que albergaban
la mejor de las historias
en su contraportada,
y ya no cuentan nada.

El bucle rotativo de los diecinueve pasos
para escucharte con el corazón.
El mismo que ahora solloza
desde ese primer segundo
donde antes entonábamos carcajadas.

La desvergüenza                             
empujándome contra la piel,
desnudándome de penas.
El suspiro despeinado
que besaba felicidad.

La sonrisa detrás del humo
de un cigarro a medias.
Celebrar la impuntualidad
en el suelo de cualquier estación.
Hacer de la cerveza
una excusa para todo.
Tatuarte utopías.
Reír en el precipio
de un mar de certezas.

Lo echo de menos.

Te echo de menos.

En el borde de la locura.
En el fondo de ella.

Te echo de menos.

Lo escribo compulsivamente
porque no me atrevo a pronunciarlo.
Porque tengo pánico a verbalizar
lo que me arde en las entrañas,
y quede relegado a la indiferencia.

Seguiré empuñando silencios,
agrietándome el pecho,
latiendo a contratiempo.

Vestida de ausencia,
de olvido,
de nadie.


Te echo de menos,

aunque esté de más.

martes, 6 de diciembre de 2016

Atemporalidad declaratoria.

Voy a mudarme al archipiélago que inunda tu cara.
Voy a navegar bajo la cuidadosa vigía de esos dos faros
que siempre supieron cubrirme con el halo de luz exacto
cuando las sombras quisieron hacerse sobre mí.
Nunca tuve mejor guía que tus ojos.

Dejándome a la deriva,
voy a hacer turismo por tus islas,
escalaré hasta encumbrar tu nariz
y, una vez en la cima,
gritaré a los cuatro vientos
que me quiero libre,
pero enredada en tu pelo.

Y saltaré.

Un salto de fe hacia tu boca,
donde pienso zambullirme hasta tocar fondo.
El de tu lengua.

Meceré mi cuerpo al compás de las olas,
saboreando el mar de tu saliva,
con la banda sonora de tu respiración
azotándome en la cara.

Sólo cuando se arruguen las yemas de mis dedos,
tenderé mi cuerpo al sol,
colgado en el desfiladero de tus pezones.
Tus clavículas serán el refugio donde acurrucarme, 
no conozco mejor remedio contra el insomnio
que el calor de tu pecho.

Descenderé por tu vientre,
haciendo rafting entre tus costillas
a ritmo de tu risa.
Saltarán chispas alrededor de tu ombligo,
y reuniré pedernales camino a tus bragas,
donde encenderé hogueras para calentar mis manos.


Lo confieso, voy a provocarte un incendio.
Arderemos hasta consumir las ganas,
reducidas a la combustión del deseo.
Pero tranquila, guardo la humedad de mi lengua
para apagar las llamas.

Y te acariciaré las cenizas
una vez extinguido el fuego.
Sólo entonces admitiré
que soy incansablemente pirómana
cuando se trata de tu cuerpo.


Ya sabes amor,
somos polvo,
y al polvo nos daremos.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Amén.

Hice de su lunar el centro del universo, cómo no iba a aclamarle Dios cada vez que sus manos orbitaban sobre mí.
Yo, que cuestionando la adoración a toda deidad me proclamaba atea desde que me dotaron de conciencia, creí.
Creía en ti, como existencia de la perfección personificada.
En tu mirada como el único puto milagro capaz de volver a la vida a cualquier alma muerta.

Repicaban acordes celestiales, celebrando la buenaventura de morderte el pecado, cada vez que abrías para mí el paraíso. Bendita el agua con la que regabas estos labios sedientos.
Cegada de fe, suplicaba una hostia más, buscando la salvación de tu abrazo.

Pero llegó el destierro, y me encontré flagelándome en tu nombre, implorando misericordia.
Crédula ingenua.
No hay redención para aquellos como yo, abocados a arder en el infierno de saberte tan divina como inalcanzable. Porque el castigo eterno no fue besarte, sino saber que no volvería a hacerlo.

Concédeme la paz de resucitar de ti.

Voy a bautizarme en la libertad del agnosticismo, renegando de toda creencia que implique amar al prójimo por encima de mí.
Y cuando otros profetas lleguen predicando utopías vestidas de veracidad irrefutable, que al menos, esta vez, la vida me pille confesada.