Puede que no le escribiera una carta por cada día que pasó sin ella, de esas que hablan de dolor desgarrador y sentimientos sangrantes, de esas que se mandan a ninguna parte. Puede que no le gritara te quieros cada semana, desde aquella ventana en la que en otro tiempo contemplaron, abrazados, la prisa de la luna por emerger del mar. Puede que no se hubiera dedicado a conservar, custodiado, el rastro de perfume que dejó en la habitación tras su partida. Y puede que la razón de que no hubiese hecho nada de aquello es que la había llorado.
Quizás un poco. Quizás demasiado.
La lloró al verla marchar con apariencia decidida, pero también mucho antes de aquella despedida. La lloró aquellos días en que estaban separados millones de años luz aún teniéndose al lado. La lloró por lo que pudo ser y no fue, pero también por lo que había sido y no volvería a ser.
La odió, la deseó, la anheló, la sufrió, la buscó, la amó, la negó... Y la lloró. Una y otra, y otra vez.
La lloró, porque jamás la olvidó, pero también porque no quiso olvidarla. Y no dejó de llorarla, a pesar de lo que pudiera marcar aquel reloj; porque el tiempo se detuvo en el momento en el que cerró tras de sí aquella puerta, y se marchó.
Desde entonces sólo se dedicó a expulsar el dolor de su pérdida en forma de esa salada humedad que siempre le desbordaba. En cualquier lugar, a cualquier hora. Porque su recuerdo no entendía de horarios ni lugares, porque aún después de tanto tiempo ella seguía teniendo esa capacidad de aparecer en cualquier momento y remover sus sentimientos y conseguir, una vez más, hacerle llorar.
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