viernes, 26 de julio de 2013

Hoy, quiero volar

¿Cuánto tiempo tarda una oruga en convertirse en mariposa?

A veces los cambios duelen, a veces son necesarios. Otras simplemente llegan de repente y nos pillan con los pantalones bajados. Ante eso sólo hay dos reacciones posibles: adaptarse al cambio o resignarse a quedar anclado en un pasado que no volverá.
Elegir la primera significa seguir avanzando, no desistir nunca en la lucha de encontrar la felicidad, a pesar de lo que pueda doler el camino hacia ella.
Pero si hay alguien que entienda mejor el dolor de un cambio, sin duda son aquellos que deciden decantarse por la segunda opción. Y es que mudarse al pasado es la forma de autodestrucción más efectiva y letal que existe.

No podemos vivir alimentados de la felicidad de un recuerdo; porque, a pesar de cuantas veces los revivamos, sólo son eso, recuerdos. Deberíamos dedicarnos entonces a crear nuevos recuerdos felices, recuerdos que nos garanticen que cualquier día podremos mirar a nuestra espalda y ver que el camino mereció la pena.

Sé que habrá muchos días en los que arrasarás con el mundo a dentelladas, y que, sin embargo, otros tantos querrás tirar la toalla; puede que incluso tengas de aquellos en los que no dejes de odiarte y los recuerdos pasados luchen por arrastrarte. Pero cualquier opción será siempre mejor que permanecer quieto y destrozarte.

Así que, cuando la vida te supere y creas que no merezca la pena, quizás debas recordar que las orugas pasan la vida afrontando continuos cambios, únicamente por ser mariposas. Mariposas que, probablemente, vivirán un sólo día.



miércoles, 24 de julio de 2013

Si tú me dices ven, lo dejo todo...

Quizás le dimos demasiada importancia a los porqués sin plantearnos el cómo. Pero, ¿cómo explicar sentimientos con palabras? Las limitaciones del lenguaje son las que hacen que demostrar sea la única forma de expresar aquello, imposible de ser dibujado con letras.

Aún así intentaré hacerte comprender que tengo grietas hasta el alma de tanto echarte de menos.
Que se me ha congelado el verano desde que no somos. Y no sabes cuánto frío hace en esta habitación.
Que si tuviera que echar esto a suertes, plantaría una margarita que siempre dijera que sí.
Que si tuviera que alojar un eco en mi memoria sería el de tu risa.
Que no me importa el tiempo, sino la intensidad. Y pienso hacerte gritar de felicidad y placer a partes iguales.
Que lo único que  te prohibiría, es toda esta distancia, y el aire que corre entre las dos.

Podría acostarme con miles de personas, pero sólo quiero levantarme contigo.
Y no sabes como quisiera secuestrarte una vez al mes, para retenerte en el escondrijo secreto de mi cama. Y confesarte a besos que si tuviera que ser planeta, tú siempre serías mi estrella.
Y perder la cuenta de tus lunares, y volver a empezar, una y otra vez.

Que si te cansas paramos, y te doy de respirar. Que si caemos te abrazo, y te enseño por donde queda la estrella polar.
Y si nos abandona la suerte, te pintaré tréboles por el camino. Y si se nos escapa el tren, te subo a hombros y te llevo yo al destino.
Que si se te acaba la magia, te escribiré libros de hechicería y conjuros a la luz de tu sonrisa.
Porque si tengo que tropezar con algo, quiero que sea contigo. Porque llevo esperándote demasiadas vidas,  y no voy a dejarte escapar.
Que si tuviera que prometerte algo, aquí y ahora, sería un parasiemprejamás.

Déjame ser contigo.



…Pero dime ven.

martes, 23 de julio de 2013

Te invito a cenar sin la mesa puesta, para asesinar todas las quimeras.

Hoy es uno de esos días en los que no logro diferenciar si lo que me ahogan son las palabras o las lágrimas de tu recuerdo. Me prometí no volver a escribirte, pero esta es la única forma que me queda para que algún día leas todo aquello que siempre quise decirte.

No vengo a escupir reproches, ni a exigirte explicaciones. No te hablaré de este deseo irrefrenable de recuperarte, aunque fuera un segundo, por volver a abrazarte una vez más. No te diré que me atormentan todas las noches que no dormiré contigo, ni te contaré todos aquellos planes para nosotras que dejé escritos. No te haré saber que me consume la idea de no volver a tener tu sonrisa entre mis brazos; aunque me muera por marcar tu número y llorarte que sé a ciencia cierta que después de ti no habrá nadie, que pasaría mil vidas esperándote.
Conozco de sobra aquello de que nuestras promesas pasaron a ser dolorosas mentiras y fue necesario partirse; pero mi mitad no deja de sangrar. Dejamos demasiadas cosas en el tintero, los besos, los abrazos, las noches en vela, las sábanas revueltas y un puñado de te quieros.
Digamos que no imagino una vida sin ti, pero me destrozaba aquella que tenía contigo. Y qué impotencia querer y no poder, y qué putada estar condenada al fracaso una y otra vez. 
Y créeme que es tan agonizante como devastador encontrar a la persona de tu vida y estar destinados a no ser. Por no hablar de ese engaño de la memoria, que no deja de inundar de recuerdos, y siempre de los mejores, siempre de los buenos.

Qué insano fue perderte cuando aún te tenía. Qué difícil ver amanecer a mi lado tu sonrisa, y no poder sentirla mía. Cuánto tiempo pasé intentando recuperarte mientras te perdía.

Podría decirte que seguiré esperando por ti toda la vida, que jamás perdí la esperanza de que volvieras para coserme las heridas. Que tengo aquí guardado cada beso y cada abrazo que no te he dado. Que seguiré buscando, cada mañana, tu olor entre las sábanas de mi cama, aún cuando en la tuya reine el de cualquier otra. Que tengo tu recuerdo atado conmigo, por si algún día deciden sorprenderme los fantasmas del olvido... 

Pero no te hablaré de nada de ello, porque ahora sólo me queda resignarme a guardar silencio, a dejar que pase el tiempo. 
Y si aquel principio pasado de todo lo que fuimos elige regresar, ten claro que seguiré aquí, deseando recibirlo, para no soltarlo jamás.




Bofetada del camino, putadas de la vida, o cosas del destino; puedes llamarlo como quieras, es echar de menos en todos los sentidos.

viernes, 5 de julio de 2013

¿De qué tienes miedo? De ti, de mi sin ti

Puede que no le escribiera una carta por cada día que pasó sin ella, de esas que hablan de dolor desgarrador y sentimientos sangrantes, de esas que se mandan a ninguna parte. Puede que no le gritara te quieros cada semana, desde aquella ventana en la que en otro tiempo contemplaron, abrazados, la prisa de la luna por emerger del mar. Puede que no se hubiera dedicado a conservar, custodiado, el rastro de perfume que dejó en la habitación tras su partida. Y puede que la razón de que no hubiese hecho nada de aquello es que la había llorado.
Quizás un poco. Quizás demasiado.

La lloró al verla marchar con apariencia decidida, pero también mucho antes de aquella despedida. La lloró aquellos días en que estaban separados millones de años luz aún teniéndose al lado. La lloró por lo que pudo ser y no fue, pero también por lo que había sido y no volvería a ser.
La odió, la deseó, la anheló, la sufrió, la buscó, la amó, la negó... Y la lloró. Una y otra, y otra vez. 
La lloró, porque jamás la olvidó, pero también porque no quiso olvidarla. Y no dejó de llorarla, a pesar de lo que pudiera marcar aquel reloj; porque el tiempo se detuvo en el momento en el que cerró tras de sí aquella puerta, y se marchó.

Desde entonces sólo se dedicó a expulsar el dolor de su pérdida en forma de esa salada humedad que siempre le desbordaba. En cualquier lugar, a cualquier hora. Porque su recuerdo no entendía de horarios ni lugares, porque aún después de tanto tiempo ella seguía teniendo esa capacidad de aparecer en cualquier momento y remover sus sentimientos y conseguir, una vez más, hacerle llorar.