Siempre me angustió correr para esconderme.
Busca un hueco en el que pasar desapercibido, no te
muevas, no respires, sé invisible.
Uno, dos, tres…
Te encontré.
Y entonces, huye. Hasta que no puedas más, hasta quedar
sin aliento.
Alarga tu mano hacia la salvación… Inalcanzable.
Demasiado lenta, demasiado tarde.
Tú la llevas.
Y ahora, busca.
Perdida, desorientada. Ni
rastro de vida que rozar, otro recorrido inservible.
Deprisa, no te despistes.
…cuatro, cinco,
seis…
“Por mí y por todos mis compañeros” se proclama a gritos
otra derrota.
Y no quiero seguir jugando, pero el punto y final lo
ponen otras manos.
Resignación, vuelta a empezar.
…siete, ocho,
nueve…
Otra vez correr para esconderse.
Esta vez, ya no más.
Eludir la posibilidad de perder puede considerarse cobardía,
una miserable forma de no enfrentarse al miedo, a la opción de otro rasguño,
otra herida. Que sin riesgo no hay victoria, pero tampoco fracaso.
Contra todo pronóstico, opté por el preludio a la
rendición.
Decidí no salvarme.
Y elegí la nada al desengaño.
…¡Diez! Quien no se
haya escondido tiempo ha tenido.
Una respiración agitada, súplica de la estabilidad de la
solitaria elección del vacío.
Segundos eternos, taquicardia en la yema de los dedos.
Que no me encuentren, que no me miren, que no me pillen.
Yo sólo pretendo rendirme,
dentro de mi escondrijo.
Pero las normas las ponen otras bocas.
Y, entonces, aparecen tus labios.
-¿Juego de aviso?
-No, yo soy
palomita blanca.
Y, como tal, echas a volar.
Y contemplo tu vuelo, y esa majestuosidad de tus alas
acariciando el viento.
Y me miras, y sonríes.
Y entonces se acaba la angustia, y me olvido del miedo.
Y ahora sí, corro como nunca antes, corro hasta no sentir
esos patéticos miembros inferiores que nunca avanzaron con certeza.
Corro, por alcanzar
tu vuelo, por rozar la brisa que baila agitada ante tu magia.
Y vuelves a sonreír, y me invaden los motivos para no
rendirme.
Y me detengo en tus ojos, y me deshago con cada
centímetro que descoso entre tu luz y mis sombras.
Y tiemblo.
Y me besas.
Y pones fin a las huidas, y a toda esta búsqueda de un
escondite.
Porque ahora puedo gritar que estoy a salvo.
Que estoy en casa.
Por ti y por todos mis futuros... Contigo.
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