Anida un enjambre en mi estómago, infección de aguijones suicidas.
Trepan pitónidas por mi carina traqueal, disfrazando de
abrazo la asfixia.
A compás de un último movimiento sistólico, agoniza desde
mi puño los restos de aquello que un día fue corazón.
Crecen, entre el polvo de mis ruinas, escorpiones que
besan mis pies, pero no mis pasos.
Bajo su ensordecedora estridulación, colonias de
hemípteros lamen, letales, mis heridas.
Sembradas en las palmas de mis manos, riegan con sangre y rabia el camino cada una de las espinas que anhelaban florecer.
Y en mis huecos intercostales, similando el sedoso
pendúnculo de cualquier crisálida, cientos de capullos maltejidos encierran
sueños de mariposas, ignorando su naturaleza heterócera.
Condenada a vivir de la fétida podredumbre que la
desolación propaga.
Fui coronada reina en este templo de caos.
Majestuosamente acabada.
Exhalo muerte en cada bocanada espiratoria.
Inspiro ansiedad.
Rezo a un dios inexistente,
suplicando expirar.

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