viernes, 14 de octubre de 2016

Mors votum.

Anida un enjambre en mi estómago, infección de aguijones suicidas.
Trepan pitónidas por mi carina traqueal, disfrazando de abrazo la asfixia.
A compás de un último movimiento sistólico, agoniza desde mi puño los restos de aquello que un día fue corazón.
Crecen, entre el polvo de mis ruinas, escorpiones que besan mis pies, pero no mis pasos.
Bajo su ensordecedora estridulación, colonias de hemípteros lamen, letales, mis heridas.
Sembradas en las palmas de mis manos, riegan con sangre y rabia el camino cada una de las espinas que anhelaban florecer.
Y en mis huecos intercostales, similando el sedoso pendúnculo de cualquier crisálida, cientos de capullos maltejidos encierran sueños de mariposas, ignorando su naturaleza heterócera.


Condenada a vivir de la fétida podredumbre que la desolación propaga.
Fui coronada reina en este templo de caos.

Majestuosamente acabada.

Exhalo muerte en cada bocanada espiratoria.
Inspiro ansiedad. 


Rezo a un dios inexistente, 
suplicando expirar.






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