Nada, ni la nube de
recuerdos que anuncia tormenta, de las que terminan inundando; ni las miradas
desprovistas de disimulo; ni la aplastante condena de la prohibida
cuenta atrás, ni la retorcida carcajada que hace eco en las entrañas, cuando
escupen reflejos del alguien que fui; ni el frío abrazo de porcelana que se
viste de consuelo para robar bocanadas de vida; ni el escozor de los ojos que
prefirieron declararse ciegos antes que ver tu ausencia.
Nada.
Nada duele más que
el espacio vacío donde descansaron las manos inquietas que daban cuerda a mi
risa, cada vez que sus dedos tamborileaban a través de mis costillas.
El ruido de los te
quieros mudos que hoy retumba en el fondo de cada vaso en el que ahogo los
gritos que me desgarran por dentro.
La pena
reconstruida, inamovible, triunfal, que se burla acusadora sabiendo que ya
nadie volverá a deshacerla, mientras la culpa tacha otro día en mi pared.
El peso desbordante
de la rabia que consume a todo aquel que pudo y no supo querer.
Nada.
Porque eso es
exactamente lo que queda ahora. Nada.
Toda una vida llena
de nada.
Eternidad rebosante
de nada.
Inmensidad
pletórica cargada de nada.
Días y días,
saturados de nada.
Espacios carentes
de ti. De mí contigo. De nosotros.
Nada.
No queda nada,
desde que no quedas tú.

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