sábado, 15 de octubre de 2016

Waiting for no one.

Efímero, perecedero, transitorio, precario, fugaz.

Que no os engañen, lo bueno, si breve, duele dos veces más.

Inmóvil.
Impasible.
Inerte.

Con las manos llenas, el pecho vacío, y la esperanza inundándome la cara; regando la inexistente probabilidad de tu regreso, como quien cuida un jardín marchito.

Inmutable.


Incrédula.



Irremediablemente inútil.

viernes, 14 de octubre de 2016

Mors votum.

Anida un enjambre en mi estómago, infección de aguijones suicidas.
Trepan pitónidas por mi carina traqueal, disfrazando de abrazo la asfixia.
A compás de un último movimiento sistólico, agoniza desde mi puño los restos de aquello que un día fue corazón.
Crecen, entre el polvo de mis ruinas, escorpiones que besan mis pies, pero no mis pasos.
Bajo su ensordecedora estridulación, colonias de hemípteros lamen, letales, mis heridas.
Sembradas en las palmas de mis manos, riegan con sangre y rabia el camino cada una de las espinas que anhelaban florecer.
Y en mis huecos intercostales, similando el sedoso pendúnculo de cualquier crisálida, cientos de capullos maltejidos encierran sueños de mariposas, ignorando su naturaleza heterócera.


Condenada a vivir de la fétida podredumbre que la desolación propaga.
Fui coronada reina en este templo de caos.

Majestuosamente acabada.

Exhalo muerte en cada bocanada espiratoria.
Inspiro ansiedad. 


Rezo a un dios inexistente, 
suplicando expirar.






miércoles, 5 de octubre de 2016

Cruor

Nada, ni la nube de recuerdos que anuncia tormenta, de las que terminan inundando; ni las miradas desprovistas de disimulo; ni la aplastante condena  de la prohibida cuenta atrás, ni la retorcida carcajada que hace eco en las entrañas, cuando escupen reflejos del alguien que fui; ni el frío abrazo de porcelana que se viste de consuelo para robar bocanadas de vida; ni el escozor de los ojos que prefirieron declararse ciegos antes que ver tu ausencia.

Nada.

Nada duele más que el espacio vacío donde descansaron las manos inquietas que daban cuerda a mi risa, cada vez que sus dedos tamborileaban a través de mis costillas.
El ruido de los te quieros mudos que hoy retumba en el fondo de cada vaso en el que ahogo los gritos que me desgarran por dentro.
La pena reconstruida, inamovible, triunfal, que se burla acusadora sabiendo que ya nadie volverá a deshacerla, mientras la culpa tacha otro día en mi pared.
El peso desbordante de la rabia que consume a todo aquel que pudo y no supo querer.

Nada.

Porque eso es exactamente lo que queda ahora. Nada.
Toda una vida llena de nada.
Eternidad rebosante de nada.
Inmensidad pletórica cargada de nada.
Días y días, saturados de nada.


Espacios carentes de ti. De mí contigo. De nosotros.



Nada.



No queda nada, desde que no quedas tú.