miércoles, 13 de marzo de 2013

Y tengo envidia de mi cuerpo que te roza y te acaricia mientras yo muero de miedo.

Pensé escribirle un poema a besos en ese destello de luz que hay en la curva de su sonrisa, para que nunca olvidara quién ilumina mis tormentas. Quise acariciarle el alma con sonetos en el atardecer de sus caderas, pero es demasiado perfecta para ser yo merecedora de rozar sus ilusiones con el llanto de mis dedos. 
Guardé en un cajón todos los amaneceres en los que hubiera abrazado su aliento en mi nuca, con intención de regalárselos a la vuelta de su mirada, pero está tan guapa con ese pelo alborotado y esas ojeras de no haber dormido conmigo...



Y aunque siempre quise vivir en los huecos de su espalda, sabía que tenía guardada mi primavera en sus pestañas.

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