miércoles, 26 de julio de 2017

26 de julio.

Como quien descubre por primera vez su libro favorito, así se torna tu mirada cada vez que te hablo de los días en los que dos niñas pequeñas huían alrededor de una mesa de la zapatilla de su abuela, de cómo ese preludio de guerra acababa en un estallido de risas. De las noches en las que jugaba en los mismos pies que horas antes corrían me perseguían, teniendo por banda sonora las canciones de quien tejía sueños de hilo a mi lado.
Y entonces me inunda la pena y la rabia, y quisiera explicarte que eres tú y no otra quien protagoniza mis historias.
Pero sonríes, y entonces soy yo la que olvida del resto.
Porque tu sonrisa es el mayor motivo de festejo sin importar la fecha del calendario. Incluso aquellos días en que tu mirada se pierde y no consigues encontrarnos.

Por eso no necesito veintiséis de julios para celebrarte, para celebraros.
Porque más allá de la palabra que os defina, abuela, abuelo, yayo, yaya, nana, nano… siempre seréis sinónimo de tesoro.
De alegría.
De complicidad.
De 100 pesetas por debajo de la mesa y que no se entere tu madre.
De anécdotas de la mili, de los bailes en las plazas, de esos niños que no fueron a la escuela porque había que llevar el pan a casa.
De una bolsa de caramelos de miel y limón, o la onza de chocolate si te comes toda la merienda.
De canciones inundando la casa.
De familia reunida en la mesa cada domingo.
De abrazos eternos.
De suerte. Sobre todo de suerte.

Por eso preferimos celebraros 365 días al año, implorando poder seguir haciéndolo, al menos, otra vida más.
Porque no hay nada más maravilloso que la fortuna de saberse nieto. 
Nada, excepto poder abrazar a un abuelo.

A los que seguís llenándonos de alegría.
A los que nos cuidan desde el cielo.
Os queremos, abuelos.


lunes, 10 de julio de 2017

Jeux d'enfants


Siempre me angustió correr para esconderme.
Busca un hueco en el que pasar desapercibido, no te muevas, no respires, sé invisible.

Uno, dos, tres…

Te encontré.
Y entonces, huye. Hasta que no puedas más, hasta quedar sin aliento.
Alarga tu mano hacia la salvación… Inalcanzable.
Demasiado lenta, demasiado tarde.

Tú la llevas. 
Y ahora, busca. 
Perdida, desorientada. Ni rastro de vida que rozar, otro recorrido inservible.
Deprisa, no te despistes.

…cuatro, cinco, seis…

“Por mí y por todos mis compañeros” se proclama a gritos otra derrota.
Y no quiero seguir jugando, pero el punto y final lo ponen otras manos.
Resignación, vuelta a empezar.

…siete, ocho, nueve…

Otra vez correr para esconderse.
Esta vez, ya no más.
Eludir la posibilidad de perder puede considerarse cobardía, una miserable forma de no enfrentarse al miedo, a la opción de otro rasguño, otra herida. Que sin riesgo no hay victoria, pero tampoco fracaso.
Contra todo pronóstico, opté por el preludio a la rendición.
Decidí no salvarme.
Y elegí la nada al desengaño.

…¡Diez! Quien no se haya escondido tiempo ha tenido.

Una respiración agitada, súplica de la estabilidad de la solitaria elección del vacío.
Segundos eternos, taquicardia en la yema de los dedos. 
Que no me encuentren, que no me miren, que no me pillen. 
Yo sólo pretendo rendirme, dentro de mi escondrijo.

Pero las normas las ponen otras bocas.
Y, entonces, aparecen tus labios.

-¿Juego de aviso?
-No, yo soy palomita blanca.

Y, como tal, echas a volar.

Y contemplo tu vuelo, y esa majestuosidad de tus alas acariciando el viento.
Y me miras, y sonríes.
Y entonces se acaba la angustia, y me olvido del miedo.
Y ahora sí, corro como nunca antes, corro hasta no sentir esos patéticos miembros inferiores que nunca avanzaron con certeza.
Corro,  por alcanzar tu vuelo, por rozar la brisa que baila agitada ante tu magia.
Y vuelves a sonreír, y me invaden los motivos para no rendirme.
Y me detengo en tus ojos, y me deshago con cada centímetro que descoso entre tu luz y mis sombras.
Y tiemblo.
Y me besas.
Y pones fin a las huidas, y a toda esta búsqueda de un escondite.

Porque ahora puedo gritar que estoy a salvo.
Que estoy en casa.


Por mí y por todos mis compañeros.

Por ti y por todos mis futuros... Contigo.


Home is wherever we are.

lunes, 3 de julio de 2017

Serendipia.

Perderse en una ciudad cualquiera y acabar encontrando la valentía de una primera vez que anuncia revolución.
Saltarse cualquier lógica temporal. La eternidad de los segundos, la fugacidad de las horas.
La cordura desvaneciéndose a velocidad de vértigo.

Otro golpe de suerte. Causalidad certera.
Caminos de ida, ojos colmados de ganas de volver.
Carcajadas de buenas noches, cosquillitas antes de dormir. Y al despertar. Y a media tarde.
Una sonrisa floreciendo en la almohada.
Un ataque de besos previo a los desayunos.
Maratones de magia, de una piel que no sabe de trucos.
Acordes desafinados, el susurro de una voz que niega evidencias irrefutables.
Otra cerveza que me convenza que sigo despierta.

Mi alergia a las despedidas, abrazos de vuelta.
Los quédate anudados en el pecho, ideas de secuestro, planes de escape no siempre legales.
Restringir el adiós.

Otra mirada al reloj, borrones al calendario.

La felicidad estaba escondida en cada una de las manchas de aquellas pieles bicolor salpicadas de alegría.
Y yo sólo puedo aferrarme a ella con ambas manos, sosteniendo esta sonrisa de saberme la imbécil más afortunada del puto mundo.


Perdernos sólo para reencontrarnos.