“Debes comer. Debes dormir. Debes animarte. Debes mirar hacia el futuro. Debes relajarte. Debes mantener la cabeza ocupada. Debes desconectar. Debes asumirlo. Debes olvidar. Debes aprender. Debes no pensar. Debes cuidarte. Debes mirar por ti. Debes ser fuerte. Debes apartarte de lo que te hace daño. Debes dejarte ayudar. Debes salir. Debes conocer gente. Debes mirar el lado positivo. Debes ver como mejora todo. Debes darte tiempo. Debes empezar. Debes terminar. Debes. Debes. Debes…”
Llevaba diecinueve días sumida en el aguacero de obligaciones que todos imponían a su paso. Todo el mundo opinaba y aconsejaba imponiendo qué debía hacer. Pero nadie explicaba cómo. Le sobraban “qué hacer” y le faltaban “cómo hacerlo”.
Entonces, diecinueve días y quinientos insomnios después, lo entendió. Nadie se detuvo a decir cómo debía cumplir con todas aquellas obligaciones, porque ni siquiera ellos tenían idea. Ninguno sabía realmente cómo se olvida el amor, cómo se asume una desilusión, cómo es posible apartarse de lo que durante tantos años ha sido un hogar, cómo se mira hacia delante cuando no sientes más que dolor. Habían pasado diecinueve días suministrando consejos placebo, que ni ellos mismos sabrían aplicar.
Estaba cansada. Cansada de tanta palabrería vacía que en realidad no decía nada. Cansada de escuchar cómo los demás opinaban sin saber realmente qué sentía ella, ni siquiera qué pensaba. Cansada de ese falso apoyo que todos le brindaban.
Lloró durante días, quizás semanas, en el desconsuelo de aquella soledad rodeada de personas. Se quedó dormida acariciando sus heridas y cicatrices. Lo que en otro tiempo le hubiera parecido horroroso, hoy le resultaba confortable. “Estás aquí, sigues viva” repetía el leve escozor de su piel; “Por poco tiempo” reprendían sus aquejos. Y fue el eco de aquella discusión entre el dolor y la razón lo último que apreciaron sus sentidos.
Nunca sabría que sería ese aquel sueño del que no despertaría, al igual que ellos jamás conocerían las noches que ella suplicó la llegada de ese momento, la alegría que le producía.
Dejó a su partida un par de recuerdos, unos tantos malos y alguno que otro bueno. También el pequeño rastro de amor que entregó a todos los que también la quisieron. Dejó el álbum de fotografías de todos sus momentos, y unas cuantas lágrimas que acertaban a reflejar eso que se siente cuando se echa de menos. Dejó entre sus cosas su pequeña colección de poemas, algunos muy conocidos, otros que escribió ella. Se los dejaba como despedida a la que fue durante tanto tiempo toda razón de su vida. Y descubrieron que uno de ellos aún no había secado su tinta.
“XI
Mi amor, este poema
es para que lo leas cuando no esté a tu lado,
cuando no pueda ya cuidar de ti.
No te conformes nunca con alguien que no piense
que tu eres una llama más antigua que el fuego,
que tú eres su razón para vivir.
Aprende a no querer a los que no te quieran
y elige bien a qué le tendrás miedo:
no habrá sombra que oculte lo que tú temas ver.
Escapa del que piense
que el aire es la pared de lo invisible
y huye de aquel que crea
que es más feliz quien menos necesita,
porque ése no podría necesitarte a ti.
No te rindas, no olvides jamás que la tristeza
sólo es la burocracia del dolor.
Y si sientes que el mundo se derrumba,
no intentes abrazarte
a otro que esté cayendo a la vez que caes tú,
como yo hice contigo.
Algún día
tendrás que despertarte para salvar tus sueños.
Algún día sabrás que en las promesas
hay siempre un cristal roto
en el que aúlla el viento frío de la mentira.
Recuerda todo eso.
No escondas lo que sientes por miedo a ser frágil,
como aquellos
que por guardar tan bien lo que más les importa,
lo pierden para siempre.
Recuerda que no hay nada que no pueda
ocurrir cualquier día.
No olvides que esta obra ha terminado.
No olvides que le hablas a un teatro vacío.”
Te quiero.
