Volví a verla después de mucho tiempo. Su aspecto era diferente al de la última vez, estaba más delgada y su rostro ya no desprendía la luz de otros días. Tenía los ojos tan tristes que podrían haberle encogido el corazón a cualquiera. Realmente daba pena. ¿Qué le habría ocurrido? A decir verdad, no me importaba. De hecho, fuera lo que fuera, seguro que lo merecía.
Odiaba volver a verla. La odiaba a toda ella.Y la odiaba con razones.
Ella destrozó mi vida, pero también la de los que me rodeaban. Arruinó todo intento de felicidad que apareció en mi vida. Acentuó cada uno de mis miedos, hasta hacerme presa de ellos. Acabó con mis esperanzas e ilusiones. Me alejó de aquello que realmente quería. Destruyó mi vida, y me abandonó.
Es cierto que en otro tiempo fuimos inseparables, pero ahora sólo podía repudiarme su imagen. No había cabida a la idea de perdón. La odiaba. Y sabía que la seguiría odiando hasta el final de mi existencia.
Fue entonces cuando todos aquellos recuerdos, fantasmas de mi pasado, afloraron inundando mi mente y parte de mis ojos.
De repente su mirada se posó en mí. Fría, firme y seria. Ella tampoco se alegraba de verme. Yo sólo pude responder con un gesto de ira.
En un segundo, el odio y la rabia me cegaron. Para cuando fui consciente de mis actos ya la había golpeado un par de veces. Me sangraba la mano, pero no me importaba. Caí al suelo y rompí a llorar, con el desconsuelo de un niño perdido. Lloré durante horas, hasta perder la noción del tiempo.
Sólo cuando mi llanto pareció dar tregua reuní las fuerzas suficientes para incorporarme torpemente; y, con apariencia decidida, descolgué aquel espejo. Recogí la lluvia de pequeños cristales esparcidos por el suelo, por no desangrarme al pasar por encima de mis propios pedazos, mientras me prometía a mi misma que no volvería a verme.

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