Gracias a ti sé de la posibilidad
de echar de menos
lo que nunca ha sucedido.
lo que nunca ha sucedido.
De desearlo,
imaginarlo,
quererlo,
abrazarlo,
olvidarlo.
Olvidarnos.
Y volver a empezar.
De vivir en los “y si…”,
de la cabeza en las nubes
y los pies ojalá en tu cama.
De lo que pudo haber sido,
de lo que podría ser,
de lo que, al final,
como siempre,
nunca será.
Gracias a ti he sabido
que no existe
límite
entre el sueño y la vigilia
cuando se trata de imaginarte.
De imaginarnos.
Tu olor en mi garganta,
el nudo de sábanas entre tus piernas,
el sudor borrando los límites de la piel.
Trazar un camino de besos
desde tu boca hasta tu ombligo.
Tu cuerpo estremeciéndose entre mis cosquillas.
El lienzo de tu espalda,
la huella de mis dedos
dibujando en ella
futuros venideros.
Hacer de tu azul mi cielo,
ahogarme en tus ojos
y respirar,
cada vez que me mires,
bocanadas de vida.
Tu nariz helada
buscando cobijo en mi cuello.
Dormir en tus pestañas,
hacer música en tu vientre,
declarar tu risa
mi canción favorita.
Tengo un reguero de sueños incumplidos,
una horda de planes impacientes,
un cúmulo de palabras
amontonadas en cajones.
Puñados de futuro en los bolsillos,
y un par de abrazos de bienvenida.
Y todos
llevan
tu nombre.
Gracias por enseñarme
que la atracción
no siempre une a los polos,
pero los mantiene cerca.
Nunca alimenté esperanzas ilusorias,
pero daría la vuelta al mundo
por volver a ver tu sonrisa.
No hay ley física
capaz de explicar
esta fuerza gravitatoria
que me empuja hacia ti,
que me impide alejarme
de este estúpido deseo
de encontrarte.
Gracias por jugar conmigo
a este escondite de pretensiones,
y dejar que tus pecas
siempre sean casa.
A un beso de distancia,
así discurren nuestros vaivenes.
He perdido la cuenta
de las veces que hemos estado
a punto de nada.
Pero no las ganas de contar.
Escribo esta confesión
porque nunca antes
te he dado las gracias.
No es cuestión de cobardía,
es que a un beso de tu boca,
sólo pienso en salvar distancias.